Durante años, el marketing persiguió un ideal claro: gustar, ser atractivo, aspiracional y correcto. Sin embargo, en la era de TikTok, memes y sobreexposición digital, ese paradigma comenzó a resquebrajarse. Así surge el cringe marketing. Una estrategia que utiliza la incomodidad, la exageración y la vergüenza ajena como herramientas deliberadas para captar atención y generar recordación de marca.
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Lejos de ser un error comunicacional, el cringe marketing es intencional. Se construye a partir de contenidos que rompen con las expectativas del público. Entre otros, actuaciones torpes, diálogos forzados, estéticas “mal hechas” o discursos incómodos.
El objetivo no es agradar, sino interrumpir el flujo de consumo y provocar una reacción emocional inmediata.
¿En qué se sustenta esta estrategia?
Desde un punto de vista teórico, el cringe marketing se apoya en la economía de la atención, que plantea que en un entorno saturado de estímulos, lo distinto destaca. También se relaciona con la teoría de la incongruencia, que señala que los estímulos inesperados generan mayor interés y recordación.
Además, estudios sobre viralidad indican que emociones de alta activación –como la risa incómoda o la sorpresa– se comparten más que los mensajes neutros.
En términos de branding, esta estrategia dialoga con la idea de distintividad de marca: no todas las marcas deben gustar a todos, pero sí ser reconocibles.

Cómo usar el cringe marketing de forma correcta
El uso del cringe marketing requiere cuidado, pues, ¡no todo lo incómodo funciona! Para ser efectivo, debe ser coherente con la identidad de la marca, comprender el contexto cultural del público y mantener un control claro del tono. El cringe no intencional puede dañar la reputación, mientras que el bien ejecutado humaniza, conecta y diferencia.
En un sistema social donde la perfección ya no sorprende, el cringe marketing se instala como una herramienta disruptiva, incómoda y efectiva.
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